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En esta tierra cuca (I)

Publicado 04/11/2013

 

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Al estallar la Guerra Civil, como tantos otros niños, tuvo que abandonar los estudios. No es que les fuese mal en casa, su padre tenía un taller de sastrería y confección, pero ya empezaba a escasear la mano de obra, a los jóvenes les enviaban al frente y su padre tenía que estar todo el día en la calle buscando clientes y viajaba mucho; su madre había muerto unos años antes. También empezaban a faltar los víveres.

Vivir en una ciudad tenía su pro y su contra, la parte positiva era que todo estaba a mano. La desventaja, que nadie tenía huerta, ni tierras de cultivo, ni animales con los que alimentarse, trocar o vender. Para comer se acudía a las tiendas en busca de alimentos y éstos, como digo, empezaban a escasear, bien porque no había, bien porque los comerciantes con falta de escrúpulos se guardaban para estraperlear.

Durante unos meses estuvo ayudando en el taller de su progenitor en lo que podía y como su padre estaba ausente él y sus hermanos (dos niñas y otro niño) tuvieron que trasladarse a vivir a casa de una de sus tías y la familia de ésta. Era una casa grande pero aún así eran muchos de familia y estaban incómodos.

Una mañana, cuando apenas tenía 10 años, su tía le levantó temprano de la cama, le aseó y le puso en la mano una pequeña maleta, también le proporcionó un poco de pan con chocolate, él en ningún momento abrió la boca ya que una de las prohibiciones en casa de su tía era hablar mientras los demás dormían, había que respetar el sueño de los otros. Silenciosamente se dejó conducir escaleras abajo de la mano de su tía. En la calle había un enorme coche, un señor vestido de azul le cogió la maleta y le instó a subir al vehículo, el niño se volvió hacia su tía con los ojos llorosos y  preguntó qué pasaba, su tía le dio un abrazo y le dijo que iba a un sitio muy bonito y se verían muy pronto, la criatura se abrazó a las piernas de la mujer y dejó brotar las lágrimas libremente mientras preguntaba por sus hermanos. En vista de los gritos del niño el señor de azul le metió en el coche y arrancó velozmente, ya en el coche vio otros niños de su edad, todos sin excepción tenían una inmensa tristeza en sus caritas. Enseguida llegaron a la estación de Atocha y sin demora metieron a todos los niños en un vagón de 3ª con destino a Valencia. El niño no paró de llorar, no era el único, durante todo el viaje se preguntaba ¿por qué le separaron de sus hermanos, dónde estaba su padre? Solo sabía que iba con otros niños, quizá a un mismo destino.

Llegaron a la estación de Valencia donde les esperaban unos señores que les fueron nombrando y separando del grupo. A él y otro niño pelirrojo les montaron en un carro destartalado que olía muy mal, les llevaron por unos caminos polvorientos, era verano, hacía calor y él y su nuevo amigo seguían llorando, su destino, Algemesí.

Ya era muy tarde cuando llegaron a la Masía, una construcción típica por esos lugares, cansados, sucios, hambrientos (el pan y chocolate hacía horas que se había terminado) y tristes. Los recibió una mujer muy robusta que les condujo al interior de una pequeña vivienda, los aseó un poco y les dio un plato de arroz que los niños tomaron con avidez, después les condujo por unas empinadas escaleras hacia una especie de palomar donde había varios camastros de paja, al fin se fueron a dormir sin apenas intercambiar una palabra con la señora.

Al día siguiente muy temprano le levantaron, su amigo el pelirrojo no estaba allí, el día anterior por la noche fue la última vez que lo vio. La señora le dio una especie de mandilón a rayas que le tapaba todo el cuerpo y le dijo que le esperaba abajo para el desayuno. Desayunó en silencio un tazón de leche con pan y la mujer le presentó al resto de la familia, su marido, sus dos hijos, de su misma edad y los padres de la señora, le dijeron que el niño pelirrojo (nunca supo su nombre) estaba en otra Masía y después le explicaron que él iba a trabajar allí para ganarse el sustento, el anciano padre de ella habló por primera vez con una voz ronca pero agradable y sonriendo le dijo: “Muchacho, en esta tierra cuca, quien no trabaja, no manduca”. Esta frase la iba a oír a menudo y se iba a convertir en una especie de mantra para él.

 

Nieves Angulo

 

 

Enlace: Guerra civil española